Pretty Jeans/Cara de Ángel
Me despido de la melancolía de tu recuerdo, tirándote a un costado del camino… y los cielos de fuego se apagaron, y los lagos quedaron atrás, y tú… recuerdo.
La salida sigue pareciendo lejos, o yo estoy completamente perdido, en cualquier caso, la mejor opcion sigue siendo caminar, no me sirve más esta tierra, caminar hasta encontrar la salida.
Un buen samaritano se ofrecio a llevarme, al parecer estaba completamente perdido, caminaba en direccion contraria (hacia la entrada, aunque fuera lo mismo).
La señorita Valkiria, reina de hadas, dispuso su mirada sobre su siguiente bocadillo, y de un bocado se lo comió, y luego miro hacía el otro lado.
El mounstro come-galletas, ron damón.
El toldo terso de un automóvil, el suave roce de unos pantalones entallados, dos ojos cerrados proyectando caras clásicas de películas de los cincuenta. Manos trepidatorias y corazones oscilatorios. Recuerdos, simples recuerdos.
Hadas, brujas, halcones, ninfas del éter, y demás criaturas sobrenaturales, tenemos que extremar la vigilancia, existe entre nosotros un prestidigitador, ladrón de plumas, vampiro de todos los olores (se imaginan que sería de Jean-Baptiste Grenouille), y lo peor, libélula en sus ratos libres.
Las cosas marchaban normalmente: un suave toque en el pulgar al pasarle la sal, los obvios intercambios de miradas entre cada bocado, el énfasis de cada movimiento, cada gesto discretamente orientado, pronto acabaría, la palabras mágica sería pronunciada… hola.
La domadora de serpientes mantenía la situación a la distancia justa, la regla de las dos lenguas bífidas, soliloquios coordinados por la correcta intervención de cada maestro de ceremonia. Las nubes se fueron ennegreciendo, tornando el ambiente de avernozo a polar, kilómetros de hielo glaciar alrededor del caldero, los conjuros, la comunión de los hechiceros, entregados por completo a la agorería, dos chamanes compartiendo antiguos secretos conferidos, cual tesoros, de voz en voz.
Recién empezaron las baladas románticas, el encanto de la media-luna acabó, el instante de comunión termino rapaz, como comenzó, todo lo demás fue tremendamente más sencillo, la noche modelo, caricias casuales, risas estridentes, silencio, mucho silencio, música a todo volumen, regresar, tirar un cigarrillo a setenta kilómetros por hora, un beso sincero de mejilla, un necesitado apretón a tu hombro, dos ojos cerrados y un merecido descanso. Y seguir.
Un fauno sigue suelto, Sileno ha bebido cuatrocientos litros de espíritu de ajenjo, y esta derrochando sabiduría en el centro de la ciudad, los arcángeles luchan en las colinas de Urantia, los gnomos corren desorientados, chocando, crean una montaña de la altura de Gerd, y tú, montada en tu motocicleta, deletreando con humo de llanta, la caligrafía es un poco confusa, pero creo leer un guiño, su ojo derecho claramente se escondió tras el parpado. Un recuerdo más al bolsillo, una tarde más tratando de distinguir la humedad de la lluvia de tu lengua, otra historia que guardar con candados, cerrojos, cadenas, leones, pirámides, y confiar en la buenaventura que le puede otorgar rociar, a toda la estructura, un poco de esa lluvia que distinguí en tu boca.
Los guiños, los guiños, los guiños, desde ahí comenzó todo, de ahí, las sonrisas, y los gritos clamando una revolución por nuestro territorio, a todo volumen, a toda velocidad, a todo placer, demandando con un megáfono, exigiendo la guerra, y eso es lo pactamos, los gitanos se van a la guerra, los alaridos de los gitanos, los aullidos de los gitanos, de pronto todos fueron gitanos, gitanos delirantes por tomar lo que les pertenece, pereciendo, todos, a los peligros del camino, un salmón más dispuesto a fecundar los óvulos de un salmón hembra ha caído, los gritos se fueron, los gitanos pasaron sin dejar historia, una batalla más, la guerra efectuada en ese lugar hace unos instantes no será inmortalizada en una epopeya.
La obvia reacción ante una catástrofe de tal calibre, era un fuerte deseo de ser libélula, y volar, volar hasta la salida, lamentablemente la lluvia que distinguí de tu boca mojaba mis alas al transmutar impidiéndome volar, un guiño más, una sonrisa más, un reclamo más, veintidós megáfonos, un pétalo, un recuerdo más, son suficientes para hacer malabares con ellos. Tantos despertares, la sensación de vivacidad que te produce limpiar de tu rostro recién despierto la saliva de otro ser, tomar su mano y volar, agitar las alas, mojadas por la lluvia que distinguí en tu boca, tan fuerte, que casi se desprendan, y en justo momento, secas, por centrifugación, den el empuje necesario para salir disparado al cielo, contigo como polizonte. O al revés, la simple sensación de tomar tu hombro. Historias, uno de tantos embrollos, fantasías, islotes en pantanos, imágenes en technicolor.
